Hasta la cocorota

Que pondría Ibáñez en boca de su personaje Mortadelo.

Hasta la cocorota nos tienen los “presuntos” , léase Otegui, De Juana, o cualquiera de los conocidos y desconocidos de la jarca dilapidadora de bienes públicos utilizando la justicia a través de trampas. Justicia pública, constitucional y gratuita que pagamos todos con el sudor de nuestros impuestos.

Cuando en Sala de justicia la Juez Ángela Murillo, visiblemente hasta las narices de la comedieta proetarra del “presunto” le respondió con aquél “¡por mí, como bebe vino!”, casi seguro que a muchas personas se nos vino a la mente aquél otro irredento “¿Porqué no te callas?”.

En la mente del oyente ambos sonaban ya igualmente a hartazgo, a paciencia desmesurada para tan ínfimos personajes que no merecen ni el respeto corriente de ser escuchados.

Para los puristas de las formas y las composturas estas salidas poco ortodoxas, se supone que, empañan un poco el prestigio de quién las confiere entendiendo qué como magistrada o como persona regia, respectivamente, debieran morderse la lengua y comedir  a sangre y fuero sus “prontos”, que diría mi abuela.

Pero hay quién como persona merece todo el respeto y con carácter general así es para cualquiera ser humano y hay quién pertinazmente va consiguiendo perderlo motu propio. Y desde luego hay quiénes se empeñan en rebajarse a la categoría de “gentecillas” despreciables que hacen burla, uso y abuso de lo que los demás respetamos como lo más sagrado.

Si Otegui se pone en huelga de hambre es una suerte, ojala, por envidia o seguimiento ciego del maestro de los rituales macabros se pusieran todos los proetarras y se dejaran morir ellos solitos en una operación de autolimpieza social, pero Otegui tiene mucha masa mollar física y mental de donde tirar hasta que acabe esas mantecas, beba agua, vino o del mismísimo fayri de fregar. Él si que se ríe de todos nosotros, de nuestros impuestos que mantienen el aparato de justicia democrática que le juzga con esmero y le mantiene. Nos aterran, nos chulean, y además se ríen. «Diario Palentino, 31 de enero de 2010»

Hasta la cocorota

Que pondría Ibáñez en boca de su personaje Mortadelo.

Hasta la cocorota nos tienen los “presuntos” , léase Otegui, De Juana, o cualquiera de los conocidos y desconocidos de la jarca dilapidadora de bienes públicos utilizando la justicia a través de trampas. Justicia pública, constitucional y gratuita que pagamos todos con el sudor de nuestros impuestos.

Cuando en Sala de justicia la Juez Ángela Murillo, visiblemente hasta las narices de la comedieta proetarra del “presunto” le respondió con aquél “¡por mí, como bebe vino!”, casi seguro que a muchas personas se nos vino a la mente aquél otro irredento “¿Porqué no te callas?”.

En la mente del oyente ambos sonaban ya igualmente a hartazgo, a paciencia desmesurada para tan ínfimos personajes que no merecen ni el respeto corriente de ser escuchados.

Para los puristas de las formas y las composturas estas salidas poco ortodoxas, se supone que, empañan un poco el prestigio de quién las confiere entendiendo qué como magistrada o como persona regia, respectivamente, debieran morderse la lengua y comedir  a sangre y fuero sus “prontos”, que diría mi abuela.

Pero hay quién como persona merece todo el respeto y con carácter general así es para cualquiera ser humano y hay quién pertinazmente va consiguiendo perderlo motu propio. Y desde luego hay quiénes se empeñan en rebajarse a la categoría de “gentecillas” despreciables que hacen burla, uso y abuso de lo que los demás respetamos como lo más sagrado.

Si Otegui se pone en huelga de hambre es una suerte, ojala, por envidia o seguimiento ciego del maestro de los rituales macabros se pusieran todos los proetarras y se dejaran morir ellos solitos en una operación de autolimpieza social, pero Otegui tiene mucha masa mollar física y mental de donde tirar hasta que acabe esas mantecas, beba agua, vino o del mismísimo fayri de fregar. Él si que se ríe de todos nosotros, de nuestros impuestos que mantienen el aparato de justicia democrática que le juzga con esmero y le mantiene. Nos aterran, nos chulean, y además se ríen. «Diario Palentino, 31 de enero de 2010»

Uniformad/Manipulad

Tal vez un poco desapercibida haya pasado para el público general la película titulada La Ola, en la que un profesor experimenta como se puede manipular masas humanas llegando a través de un individualismo colectivo al establecimiento de pautas de orgullo común .

De creernos y querer ser diferentes a los demás vamos formando ideologías distanciadoras de otros grupos humanos que pueden llevarnos a situaciones como los nacionalismos extremos, los separatismos o miserias mentales del mío es mío y de los míos. En vez de sentirnos ciudadanos del mundo y pensar que podemos, si queremos, vivir en cualquier parte y llevarnos bien con cualquier vecino de cualquier latitud, sentimos como una especie de fuerzas mezquinas nos empujan a apasionarnos por defender miserias humanas, materiales o providenciales de menor entidad. Mis cosas, mi ciudad, mi pueblo, mis tierras, hasta incluso el otro día escuché “Mi caja de ahorros” en un acalorado debate sobre la controvertida fusión que solamente esconde intereses personales, localistas y políticos, todos muy lejos del interés general, incluso del que se aferraba a “su Caja” porque tenía su libreta en ella.

Y como de cara la próximo curso pronto comenzarán los debates propios de la enseñanza con el encontrado análisis destructivo-político-coyuntural, y con independencia de que sea una solución estupenda establecer la obligatoriedad de utilizar uniforme en las aulas, para igualar socialmente y evitar estupideces de modas y “marcas” que tanto deforman la personalidad de los adolescentes, no debiéramos olvidar que el acento en la formación de los futuros ciudadanos está en la tierna infancia y que es más importante no ser un ciudadano manipulable y encorsetado que saber muchas matemáticas.

Porque la pregunta del millón sigue siendo la misma irresoluble: ¿Nos da la cultura la libertad? Habría que afinar mucho. La cultura es tan versátil y manejable como el idioma o la imagen. Quién te puede manipular con la palabra también te clavará, llegado el caso, un puñal en la espalda. Lo que debemos aprender y enseñar es a ser libres de pensar, a elegir nuestra forma cultural, a filtrar las informaciones que nos vienen del exterior y que casi siempre son interesadas. Ese es el quid de la cuestión. Eso es lo que los poderes fácticos no quieren tener: ciudadanos librepensadores, porque entonces serán libres de cargas y podrán denunciar los mal utilizados privilegios de la casta poderosa. La tentación  de consumir parcelas de libertad del ciudadano nunca cesa, simplemente adopta diversos formatos. «Diario Palentino, 18 de enero de 2009»

Uniformad/Manipulad

Tal vez un poco desapercibida haya pasado para el público general la película titulada La Ola, en la que un profesor experimenta como se puede manipular masas humanas llegando a través de un individualismo colectivo al establecimiento de pautas de orgullo común .

De creernos y querer ser diferentes a los demás vamos formando ideologías distanciadoras de otros grupos humanos que pueden llevarnos a situaciones como los nacionalismos extremos, los separatismos o miserias mentales del mío es mío y de los míos. En vez de sentirnos ciudadanos del mundo y pensar que podemos, si queremos, vivir en cualquier parte y llevarnos bien con cualquier vecino de cualquier latitud, sentimos como una especie de fuerzas mezquinas nos empujan a apasionarnos por defender miserias humanas, materiales o providenciales de menor entidad. Mis cosas, mi ciudad, mi pueblo, mis tierras, hasta incluso el otro día escuché “Mi caja de ahorros” en un acalorado debate sobre la controvertida fusión que solamente esconde intereses personales, localistas y políticos, todos muy lejos del interés general, incluso del que se aferraba a “su Caja” porque tenía su libreta en ella.

Y como de cara la próximo curso pronto comenzarán los debates propios de la enseñanza con el encontrado análisis destructivo-político-coyuntural, y con independencia de que sea una solución estupenda establecer la obligatoriedad de utilizar uniforme en las aulas, para igualar socialmente y evitar estupideces de modas y “marcas” que tanto deforman la personalidad de los adolescentes, no debiéramos olvidar que el acento en la formación de los futuros ciudadanos está en la tierna infancia y que es más importante no ser un ciudadano manipulable y encorsetado que saber muchas matemáticas.

Porque la pregunta del millón sigue siendo la misma irresoluble: ¿Nos da la cultura la libertad? Habría que afinar mucho. La cultura es tan versátil y manejable como el idioma o la imagen. Quién te puede manipular con la palabra también te clavará, llegado el caso, un puñal en la espalda. Lo que debemos aprender y enseñar es a ser libres de pensar, a elegir nuestra forma cultural, a filtrar las informaciones que nos vienen del exterior y que casi siempre son interesadas. Ese es el quid de la cuestión. Eso es lo que los poderes fácticos no quieren tener: ciudadanos librepensadores, porque entonces serán libres de cargas y podrán denunciar los mal utilizados privilegios de la casta poderosa. La tentación  de consumir parcelas de libertad del ciudadano nunca cesa, simplemente adopta diversos formatos. «Diario Palentino, 18 de enero de 2009»