Esta mañana fui a hacer la compra, por esa costumbre que tenemos los seres vivos de comer y, para llegar hasta ahí hay todo un proceso, antes hay que trabajar para conseguir los recursos que nos lleven al alimento, y una de esas fases que es la de hacer la compra es cuando yo me ubico con mi carro del super por el pasillo atestado de desconcertantes y multicolores opciones.
Ya hace años que es difícil comprar patatas, porque la duda es ¿para freír? ¿para cocer? ¿para tortilla? ¿para asar? ¿para hacer puré o ensaladilla?… Y si llevo varios tipos ¿adónde las almaceno? Yo no tengo una despensa de pueblo, seguro que echan raíces antes de terminarlas. Y si hago una tortilla con las de guisar me quedará pastosa, o cuezo las de freír entonces quedarán ásperas… Porque yo, para mi desgracia doña perfecta, lo quiero todo en su máximo punto de calidad. Después de unos momentos de tormento dubitativo, rompí con todos mis esquemas, agarré la primera bolsa a ciegas y me dije salga el solo por donde quiera. ¡y, anda, me felicité por mi arranque de valentía!
Mi tranquilidad se suspendió cuando en el pasillo de los cafés estaba, plantada a pie quieto, una señora concentrada mirando los estantes, y como si hubiera recibido mis vacilantes vibraciones de hace un rato, según pasé por su lado se volvió hacia mí y con un gesto de sorpresa me dijo: «Vaya problemón, ¡tantas cosas!, antes no había tantas cosas, y ahora yo qué llevo».
A raíz de esa tesitura recordé que hace unos días leí la historia que contaba una chica sobre como resolvió su padre el estrés que le suponían las múltiples microdecisiones que debía tomar cada día, desde me levanto ahora o más tarde hasta me voy a la cama o espero a qué termine la peli. Pues bien, el hombre resolvió simplificar in extremis. Se levantaba y se acostaba siempre a la misma hora, vestía siempre igual, camisas, pantalones, calcetines… todo siempre del mismo color, de la misma talla y de la misma marca para no tener que estar eligiendo, sobre todo los calcetines, que siempre le supuso una tortura emparejarlos. Preparó un menú de desayuno para hacerle rigurosamente todos los días. La comida y le cena las delegaba, lo que le pusieran, pero que no le preguntaran. Parece que el hombre cambió de carácter, se relajó, al decir de su hija hasta le disminuyeron las arrugas y su rostro lucía con semblante amable.
Al leerlo recordé que una vez preguntaron a Steve Jobs por qué vestía siempre jersey negro de cuello alto, vaqueros Levi´s y zapatillas New Balance, respondió que lo hacía para evitar la «fatiga de decisiones», así ahorraba energía mental para centrarla en lo esencial, de modo que encargó el diseño de su look a un modisto famoso que le confeccionó decenas de prendas idénticas.
En resumen, el estrés procede de tener que tomar decisiones, cuántas más más desgaste, más, más energía desperdiciada en lo «esencial», poder hacer otras cosas, dedicar tiempo amable a los que nos rodean, dormir mejor, crear, pensar, leer… tantas cosas importantes que no hacemos porque la oferta de opciones para todo es agotadora y alienante. Eso quieren, que no pensemos, que no analicemos, que nos dejemos engañar. La mejor defensa que tenemos es lo que se pueda, simplificar.
Elisa Docio, 1 de julio de 2026